LAS RISAS DEL ARTE, de Carlos Reyero (Editorial Cátedra)
Hay libros que se proponen enseñar y otros que, con mayor ambición —y no siempre con mejor fortuna—, aspiran a enseñarnos a mirar. Las risas del arte, de Carlos Reyero (Cátedra), pertenece sin duda a esta segunda estirpe: no es un tratado sistemático sobre la comicidad en la historia artística, ni tampoco un repertorio de anécdotas ingeniosas destinadas a amenizar sobremesas ilustradas. Es, más bien, una indagación culta y sinuosa sobre esa dimensión incómoda del arte que durante siglos fue considerada menor: la risa.
Reyero, historiador del arte de acreditada solvencia, parte de una constatación casi provocadora: el arte, ese territorio solemne consagrado a lo sublime, a lo trágico y a lo edificante, también ha sido espacio de burla, ironía, sátira y caricatura. Y no como apéndice marginal, sino como corriente subterránea que atraviesa épocas y estilos. Desde las deformaciones grotescas medievales hasta la sátira política contemporánea, el autor va trazando un mapa en el que la risa no es mero ornamento, sino herramienta crítica y forma de conocimiento.
El ensayo se apoya en una erudición sólida, aunque nunca ostentosa. Reyero no convierte el libro en una exhibición de aparato académico; antes al contrario, busca una escritura clara, argumentativa, que invita al lector a reconsiderar su relación con las imágenes. Hay en estas páginas una reivindicación implícita: tomarse en serio lo risible. Porque la risa, sostiene el autor, no trivializa necesariamente el arte; puede desestabilizarlo, cuestionar sus jerarquías y revelar tensiones sociales y políticas que la retórica solemne preferiría ocultar.
En este sentido, Las risas del artedialoga —aunque desde un registro distinto— con los libros de Fernando Castro dedicados a la estética divulgativa de la pintura. Castro, con su prosa vibrante y a menudo combativa, se ha esforzado por desmontar el aura intimidatoria del discurso artístico, acercándolo a un público no especializado sin renunciar a la complejidad conceptual. Donde Reyero analiza la risa como fenómeno histórico y simbólico, Castro reivindica el placer de la mirada y la experiencia estética como algo que no debe quedar secuestrado por la jerga académica. Ambos coinciden en un punto decisivo: el arte necesita mediaciones que lo devuelvan a la vida, que lo arranquen del mausoleo del respeto acrítico.
Si en Castro hay una voluntad pedagógica explícita, en Reyero predomina la reflexión historiográfica; pero los dos comparten una desconfianza hacia la sacralización excesiva del arte. La risa, en Reyero, cumple una función semejante a la divulgación inteligente en Castro: descomprimir la solemnidad y permitir una relación más libre —y más consciente— con las obras.
Más cercano en tono, aunque no en método, resulta el libro de Juan Eslava Galán sobre el Museo del Prado concebido como álbum de familia titulado La familia del Prado. Allí, el museo deja de ser templo y se convierte en casa: un espacio poblado por personajes reconocibles (concretamente los Austrias y los Borbones), historias íntimas y episodios que forman parte de una memoria colectiva. Eslava Galán, con su habitual mezcla de ironía y erudición ligera, invita al lector a recorrer el Prado como quien hojea fotografías de antepasados ilustres y excéntricos. La risa —benévola, cómplice— se integra así en la experiencia museística.
Reyero, por su parte, no recurre al tono desenfadado de Eslava Galán, pero sí legitima conceptualmente esa misma operación: entender que el arte no es un bloque marmóreo de grandeza inmutable, sino un campo donde caben la parodia, el exceso y la caricatura. Si Eslava Galán humaniza el museo a través de la narración amena, Reyero humaniza la historia del arte al reconocer en ella la presencia constante de lo cómico.
En conjunto, estos libros —cada uno desde su estilo— participan de una tendencia saludable: devolver el arte al ámbito de la experiencia compartida. Frente a la retórica hermética o el academicismo autosatisfecho, proponen vías de acceso que no simplifican, pero sí abren puertas. Las risas del arte aporta a este movimiento una reflexión necesaria: recordar que la risa no es enemiga del arte, sino una de sus formas más incisivas de inteligencia.
Tal vez, después de leer a Reyero, el visitante de un museo se permita una sonrisa allí donde antes solo veía gravedad. Y quizá descubra que, en esa sonrisa, hay también una forma de comprensión estética tan lúcida como la erudición pura, coño.