UN DÍA DE FIEBRE, de Rubén Abella (Ediciones Menoscuarto)
Un día en el que la ciudad de Madrid tiene fiebre pero sigue a lo suyo con lo suyo porque la pulsión contemporánea primordial es seguir dejando todo atrás para que el engranaje de la vida no se pare…
Situar al tan premiado como desarraigado novelista Rubén Abella en el mapa de su generación exige apartarse de las clasificaciones más visibles —las de grupo, tendencia o etiqueta— para atender a una trayectoria que ha preferido el desplazamiento lateral antes que la ocupación de un centro reconocible. Mientras buena parte de los narradores coetáneos han optado por la autoficción, la crónica generacional o el realismo de corte más o menos confesional, Abella ha perseverado en una narrativa de la estructura: una poética del engranaje, del cruce y de la interferencia.
En ese sentido, su lugar es el de un escritor que trabaja contra la inercia dominante. Donde otros buscan la transparencia, él introduce opacidad; donde se privilegia la voz, él enfatiza el dispositivo; donde se impone la linealidad del relato vivido, él propone arquitecturas quebradas, cercanas a las que ensayó en Dice la sangre y en Ictus, y lleva a su madurez en Un día de fiebre. Esa fidelidad a un proyecto formal —que no es frecuente sostener libro tras libro— lo convierte en una figura singular, quizá menos ruidosa, pero más coherente.
Podría decirse que Abella ocupa, dentro de su promoción, el lugar de quien ha sabido injertar en la tradición española una sensibilidad narrativa más próxima a ciertos modelos anglosajones. No tanto por afinidad temática como por la conciencia de la novela como artefacto: ahí resuenan, de fondo, las lecciones de Paul Auster o Don DeLillo, filtradas, sin embargo, por una sobriedad que remite a Pío Baroja. El resultado no es un híbrido forzado, sino una voz que ha encontrado su cadencia en esa zona de cruce.
Frente a otros narradores de su tiempo —más atentos al retrato inmediato de lo contemporáneo—, Abella parece escribir desde una cierta distancia, como si observara la realidad a través de un sistema de espejos. De ahí que sus novelas no aspiren tanto a fijar una época como a descomponerla en sus mecanismos invisibles: el azar, la repetición, la simetría secreta de los hechos.
Por todo ello, su posición, solo se nos ocurre análoga a la de Ricardo Menéndez Salmón, podría definirse como la de un clásico excéntrico en formación: alguien que, sin romper con la tradición, la desplaza hacia un territorio menos transitado. Y quizá ahí resida su valor más perdurable dentro de su generación: en haber construido, sin estridencias, una obra que se reconoce no por lo que cuenta, sino por la forma precisa —casi obsesiva— en que decide contarlo.
Así las cosas, hay en Un día de fiebre la voluntad —y también el riesgo— de construir una novela a partir de la fragmentación, como si la realidad solo pudiera captarse mediante destellos sucesivos, escenas que se rozan y se contaminan. Rubén Abella, que ya en Ictus había explorado las fisuras de la experiencia contemporánea, da aquí un paso más en esa dirección: si en aquella el azar irrumpía como una grieta súbita en la conciencia, en esta nueva obra se convierte en el principio estructural que rige el conjunto.
Y es que se trata de una novela coral como El ruido y la furia cuya arquitectura narrativa tiene algo de la técnica narrativa de la fragmentación multiperspectivista, aunque ésta no está tomada de La Colmena de Camilo José Cela, sino directamente de John Dos Passos y de William Faulkner y quien sabe si un poco también de Milan Kundera.
No estamos ante una novela estrictamente lineal (la trama sigue las vidas entrelazadas de cinco personajes en Madrid, alteradas tras un ligero seísmo, explorando sus heridas y esperanzas en una obra que en conjunto aborda la fragilidad de la vida cotidiana), sino como ante una constelación de relatos encadenados que se entrelazan con precisión casi matemática. En este sentido, la arquitectura narrativa remite también al paradigma cervantino —la novela como espacio hospitalario donde caben otras historias o relatos; novela con cuentos dentro—, pero con una variación significativa: no se trata de episodios incrustados, sino de cuentos encadenados, ensamblados con la fluidez de un montaje cinematográfico que recuerda inevitablemente a Pulp Fiction de Quentin Tarantino. Cada fragmento encuentra su sentido en relación con los demás, y el conjunto termina funcionando como un mecanismo de relojería, donde nada es gratuito y todo parece obedecer a una lógica secreta.
En este juego de conexiones y casualidades —o causalidades disfrazadas—, la novela dialoga con otras propuestas contemporáneas que han hecho del azar y la confluencia su materia narrativa (véase por ejemplo Smoke de Paul Auster o El hombre del salto de Don DeLillo), pero lo hace desde una voz muy reconocible. La prosa de Abella, sutil y serena a la vez, posee una extraña cualidad híbrida: por momentos, evoca la sequedad reflexiva de los grandes narradores norteamericanos centrados en la deriva existencial; en otros, recupera la análoga pero más próxima sobriedad y el pulso directo de Pío Baroja. De esa combinación nace un estilo contenido, preciso, casi evanescente, que rehúye el énfasis y confía en la acumulación de detalles significativos.
En efecto un terremoto “insuficiente para causar una catástrofe, pero más que de sobra para sembrar el miedo” sacude Madrid el 23 de febrero de 2015, y esto es todo el argumento base. A partir de ahí, Paco, un bombero ayudador por instinto y muy querido, pero recuperado demasiado pronto de una baja tras un accidente laboral, mientras vuelve a trabajar evocando su precioso matrimonio con Olga. Y Beatriz, una joven universitaria de provincias con padre en duelo eterno marcada también por una novatada brutal. Y otros bomberos cuya épica laboral está entreverada con su psicología y su trasunto personal y familiar y laboral y sus deudas económicas en esta humanizadora historia de historias. Y un hostelero aún atenazado por la muerte de su esposa en los atentados de Atocha, un juez y su amante reacios al compromiso. Ebanistas, abogados, enfermeras. Una profesora que prepara el cumpleaños de su madre octogenaria… ¡Y la música del azar!
De hecho el argumento de Un día de fiebre podría resumirse —si es que admite resumen— como la crónica de una jornada en apariencia banal que, sin embargo, se abre como una grieta por la que se cuelan otras vidas. La fiebre del título no es solo un estado físico, sino una forma de percepción: todo, incluso la época laboral de los bomberos y de los trabajadores del hospital, parece ligeramente desplazado, como si la realidad hubiese perdido su eje.
En ese estado febril se cruzan personajes que no saben aún que forman parte de una misma trama: uno que despierta con la sensación de haber olvidado algo decisivo y deambula por la ciudad como si cada esquina pudiera devolvérselo; otra atrapada en una conversación que se bifurca hacia recuerdos que no le pertenecen del todo; otro que entierra a su madre; otro que cree asistir a una casualidad sin sospechar que está activando una cadena de consecuencias; otro cuya historia parece lateral hasta que, de pronto, encaja con las demás como una pieza que siempre estuvo prevista.
Lo creativo —y perturbador— es que ninguno de ellos posee el control de su propio relato. Cada historia se abre como un cuento autónomo, pero enseguida queda suspendida, retomada o desviada por otra, en una suerte de deriva. Así, lo que parece azar —un autobús que llega tarde, una puerta que queda entreabierta, un nombre anotado en un papel— termina revelándose como un sistema de correspondencias invisibles.
Pero entre todo el terremoto en Un día de fiebre no debe leerse como un mero acontecimiento espectacular, ni siquiera como un clímax al uso, sino como una pieza clave en ese engranaje narrativo que la novela va armando con sigilo. Su aparición —más sugerida que descrita, más sentida que vista— actúa como un punto de inflexión que reorganiza retrospectivamente todo lo anterior: lo que parecía disperso encuentra de pronto una vibración común, como si cada historia hubiera estado oscilando ya en la frecuencia de ese temblor.
De hecho, en términos de trama, el terremoto funciona como catalizador. No es tanto que provoque los acontecimientos, sino que los revela en su verdadera condición. Los personajes —Álvaro, Clara, Martín, Elena— quedan expuestos en ese instante a una forma de desnudez narrativa: lo accidental deja de serlo, y lo contingente adquiere una gravedad inesperada. En cierto modo, el temblor cumple la misma función que el accidente en Ictus: introducir una fractura que obliga a releer la continuidad previa.
Pero es en el plano simbólico donde el terremoto despliega toda su potencia. En una novela obsesionada con el azar y las confluencias, el seísmo aparece como la metáfora perfecta de un orden invisible que, de pronto, se manifiesta de forma violenta. No hay aquí una lectura apocalíptica, sino estructural: el mundo ya estaba agrietado, solo que los personajes —y el lector— no lo percibían con claridad. El temblor hace visible esa inestabilidad de fondo, esa condición precaria de toda experiencia.
Podría decirse que el terremoto es la versión física de la “fiebre” del título: ambos remiten a un estado alterado en el que la realidad pierde su consistencia habitual. Si la fiebre distorsiona la percepción individual, el seísmo sacude el marco colectivo, el espacio compartido donde las historias se cruzan. Entre uno y otro se establece una correspondencia secreta que refuerza la idea central de la novela: que la vida, lejos de ser un sistema estable, es una red de tensiones a punto siempre de desbordarse.
Así, más que un episodio, el terremoto es una clave de lectura. Permite entender que la aparente dispersión del relato responde, en realidad, a una lógica profunda, casi tectónica. Y en ese sentido, confirma a Rubén Abella como un narrador interesado menos en contar historias que en mostrar las fuerzas —invisibles, pero decisivas— que las sostienen y, llegado el momento, las hacen temblar.
Si en Ictus el accidente era el núcleo que irradiaba sentido, aquí ese núcleo se disuelve en múltiples focos: cada personaje es, a la vez, causa y efecto de los demás. La novela avanza entonces como un pulso irregular —una fiebre narrativa— hasta que, casi sin que el lector lo advierta, todas las líneas convergen. Y en ese instante final, más que una resolución, lo que queda es la impresión de haber asistido al funcionamiento secreto de un mecanismo donde lo mínimo —un gesto, una coincidencia— contiene ya toda la historia.
Pero lo más interesante quizá sea el modo en que esa estética, aparentemente fría, termina revelando una profunda inquietud moral. Los personajes de Un día de fiebre —desorientados, vulnerables, sometidos a fuerzas que no comprenden del todo— configuran un mapa humano donde lo cotidiano se vuelve inquietante. Como ya ocurría en Ictus, Abella parece sugerir que la vida no es más que una sucesión de coincidencias que solo retrospectivamente adquieren sentido.
En definitiva, estamos ante una obra mayor que confirma a Rubén Abella como una de las voces más singulares de la narrativa española reciente. Su capacidad para combinar tradición y modernidad, para hacer dialogar a Cervantes con Faulkner, Auster y DeLillo, le sitúa en un territorio propio. No es exagerado decir que, con novelas como esta, se perfila como el novelista más “americano” de Castilla y León: no por imitación, sino por la naturalidad con que ha incorporado a su mundo narrativo ciertas claves de la ficción contemporánea internacional sin perder el anclaje en una sensibilidad profundamente española.