PIRELLI AL ROJO VIVO. LA MALDICIÓN DEL DIAMANTE, de Julio Rodríguez (Ed. Pez de Plata)

 
 

El humor está revolucionando la novela negra última, y como ejemplo aquí tienen lo último de Julio Rodríguez… En Pirelli al rojo vivo. La maldición del diamante, Julio Rodríguez (Oviedo, 1971) convierte una trama de atracos (atracos inversos, en vez de robar joyas en el Museo del Prado tienen que entrar a meter una joya) en una especie de epopeya quinqui y sentimental, donde los personajes importan más por cómo hablan y sobreviven que por la lógica estricta de la intriga. La novela de hecho funciona como una combinación de heist novel, astracanada castiza y relato de perdedores.

El gran protagonista es, naturalmente, Pirelli, heredero directo del antihéroe que ya aparecía en El gran Pirelli (una novela negra loca donde todo está al revés y el comisario de policía pide al delincuente que investigue el caso noir de un abogado). El protagonista no es exactamente un delincuente profesional ni tampoco un pícaro clásico, aunque tiene algo de ambos. Pirelli pertenece a esa estirpe tan española de personajes que viven siempre a dos pasos del desastre: fanfarrón, sentimental, algo visionario y bastante chapucero. Quiere evitar la cárcel devolviendo al Museo del Prado un diamante robado por un viejo compinche muerto, pero el lector comprende enseguida que, más que escapar de la ley, Pirelli intenta escapar de su propio destino de perdedor crónico.

Hay en él algo del buscavidas de Francisco García Pavón y algo también del derrotismo grotesco y tremendista de ciertos personajes de Camilo José Cela. Pero Julio Rodríguez le añade una dimensión contemporánea: Pirelli es un delincuente sentimental atrapado en un mundo digital, lleno de fortunas encriptadas y golpes imposibles, aunque conserve alma de timador de descampado y bar de carretera.

Junto a él aparece Maguiver, quizá el personaje más entrañable de la novela. El nombre ya revela la clave humorística: un superviviente capaz de improvisar soluciones absurdas con cualquier objeto, mezcla de manitas suburbial y escudero fiel. Maguiver representa la lealtad incondicional, pero también la precariedad convertida en filosofía vital. Como los secundarios memorables de las novelas de Ángel Palomino, parece un producto perfecto de la España del desarrollismo tardío: alguien que aprendió a arreglarlo todo porque nunca hubo dinero para sustituir nada.

La banda que ambos reúnen constituye uno de los grandes hallazgos de la novela. Rodríguez trabaja muy bien el coro de maleantes fracasados, policías cansados, rusos nostálgicos y delincuentes de medio pelo. No son criminales elegantes al estilo anglosajón; más bien recuerdan a una versión ibérica y castiza de Ocean’s Eleven, pero pasada por el filtro quinqui y esperpéntico. La propia editorial define el libro como “un Ocean’s Eleven nada sofisticado repleto de quinquis y maleantes”.

Entre los personajes secundarios destacan precisamente esos policías melancólicos que parecen sacados de una novela crepuscular: hombres agotados, conscientes de que persiguen delincuentes casi tan miserables como ellos mismos. Ese tono de cansancio moral conecta la novela con cierta tradición negra española contemporánea y con el universo marginal de Paco Gómez Escribano.

La trama gira alrededor del llamado “Diamante de la Muerte Negra”, una joya maldita que desencadena persecuciones, traiciones y un gran golpe criminal dividido en “tres movimientos (y pico)”. Lo que comienza como una simple devolución para evitar problemas judiciales acaba transformándose en una espiral delirante donde aparecen cadáveres extravagantes, furgones blindados, descampados perdidos y hasta un casino en Mónaco relacionado con una fortuna digital oculta bajo el misterio del diamante.

Sin embargo, el interés de la novela no reside tanto en saber si el golpe saldrá bien como en contemplar el caos humano que genera. Rodríguez escribe las escenas de acción como si fueran números de sainete criminal: todo parece improvisado, accidental y al borde del hundimiento. Esa continua sensación de chapuza monumental es precisamente lo que vuelve simpáticos a los personajes.

Frente al cinismo frío de buena parte de la novela negra actual, Pirelli al rojo vivo conserva algo raro: afecto por sus criaturas. Incluso los más ridículos poseen una cierta dignidad tragicómica. Ahí está la herencia del humorismo español clásico, desde Jacinto Miquelarena hasta ciertos momentos de Quim Monzó, aunque Julio Rodríguez ensucie más el lenguaje y lleve a sus personajes a territorios mucho más degradados y nocturnos.

En el fondo, Pirelli y los suyos forman una pequeña comunidad de náufragos modernos. Y quizá por eso la novela funciona tan bien: porque bajo el humor disparatado late continuamente una melancolía muy española, la de quienes saben que el fracaso es inevitable pero aun así siguen adelante, hablando demasiado, bebiendo demasiado y soñando golpes imposibles. La narrativa de Julio Rodríguez —asturiano de filiación sentimental más que geográfica, pues sus novelas parecen escritas desde una España de fonda, taller mecánico y barra de zinc— ha encontrado en Pirelli al rojo vivo. La maldición del diamante la confirmación de un mundo propio que ya se insinuaba con notable personalidad en El gran Pirelli. Allí aparecía un héroe de arrabal castizo y sentimental, mezcla de buscavidas, pícaro industrial y filósofo de barra americana; aquí, en cambio, ese personaje y cuanto le rodea adquiere una densidad casi esperpéntica, una combustión narrativa donde el humor deja paso a una forma muy española de fatalismo grotesco.

Conviene señalar asimismo que que Julio Rodríguez no pertenece a la corriente, hoy tan frecuente, de novelistas que utilizan el humor como mero mecanismo de ingenio verbal o comentario irónico de actualidad. Su humorismo procede de una tradición más antigua y más áspera: la de Jacinto Miquelarena, la del primer García Pavón, la de aquellos escritores capaces de descubrir en el habla popular no un decorado pintoresco sino una visión del mundo. Como ocurría en las mejores páginas de Miquelarena, Rodríguez escucha antes de escribir; sus personajes hablan con una naturalidad tumultuosa, llena de retruécanos involuntarios, fanfarronerías de café y sabiduría de superviviente. El lenguaje no adorna: crea atmósfera moral.

Pero si El gran Pirelli poseía todavía algo de novela jocoseria, de aventura tabernaria y sentimental, Pirelli al rojo vivo entra decididamente en una zona más sombría. Hay en ella una violencia soterrada, un gusto por la deformación expresiva y por la miseria humana que remite inevitablemente al tremendismo. No al tremendismo superficial y efectista de tantos imitadores, sino al de ciertas páginas de Camilo José Cela, donde el humor y la crueldad conviven hasta hacerse indistinguibles. Rodríguez comprende, como Cela comprendía, que lo grotesco español nace precisamente del choque entre la brutalidad de la existencia y la obstinación del individuo por conservar una dignidad absurda.

El diamante del título funciona entonces como un símbolo múltiple: objeto de codicia, amuleto maldito y pretexto argumental para una peripecia donde lo detectivesco se mezcla con la astracanada social. La novela avanza entre timbas, talleres, bares de carretera, mujeres de virtud movediza y personajes secundarios de admirable construcción verbal. Cada uno parece entrar en escena únicamente para soltar una frase memorable y desaparecer dejando olor a coñac, gasolina o loción barata.

No es casual que el lector recuerde también ciertas novelas del desarrollismo español, aquellas que durante los años sesenta y setenta retrataron la España del Seat 600, el turismo y la picaresca económica. Hay ecos de Ángel Palomino en esa capacidad para convertir la modernización cutre del país en material novelesco. Como Palomino, Rodríguez entiende que el desarrollismo no sólo transformó las ciudades: produjo una nueva fauna humana, hecha de oportunistas sentimentales, emprendedores de saldo y perdedores con corbata sintética.

Sin embargo, donde Rodríguez resulta más original es en la mezcla de ese costumbrismo industrial con una sensibilidad contemporánea cercana a la llamada novela cheli. Algunas escenas poseen la electricidad verbal y la ternura lumpen repleta de humor negro que uno encuentra ya decimos que en Paco Gómez Escribano: barrios periféricos, delincuentes de segunda división, humor desesperado y personajes que sobreviven gracias a una épica mínima. Pero Rodríguez evita el sociologismo y la nostalgia. Sus criaturas no representan a nadie; simplemente viven, fracasan y hablan.

La comparación con ciertos humoristas actuales permite precisar todavía mejor su singularidad. Frente al humor elegante y culturalista de Felipe Benítez Reyes, o frente a la ironía urbana y refinada de Juan Bas, Julio Rodríguez apuesta por una comicidad más física, más oral, más sucia incluso. Y aunque pueda compartir con Juan Aparicio Belmonte el gusto por el antihéroe contemporáneo, su territorio expresivo pertenece claramente a otra genealogía: la España de los cafés con serrín, de los neumáticos recalentados y de los buscavidas sentimentales.

En Pirelli al rojo vivo. La maldición del diamante hay desmesura, sí, y también irregularidades; pero son precisamente esas irregularidades las que conceden autenticidad a una novela escrita contra la asepsia narrativa contemporánea. Julio Rodríguez no pule sus páginas hasta volverlas transparentes: las deja rugosas, llenas de voces, accidentes y humo. Y en tiempos de narrativa higiénica y perfectamente intercambiable, esa rugosidad constituye quizá su mayor virtud.

Con esta novela, Rodríguez confirma que la saga de Pirelli no es una mera caricatura humorística, sino un ambicioso fresco sentimental de la España subterránea: una España divertidísima y chunga que enlaza el tremendismo con la picaresca, el desarrollismo con el esperpento y el humor tabernario con una inesperada melancolía moral que nos encanta.

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